Te vi
Y comencé a llorar. Sabes que no te mentiría ¿Verdad? Aún recuerdo lo de hace ya cuatro años, cuando mis ojos se inundaron en lágrimas; me miraste fijamente y con palabras firmes brindandome un consuelo dijiste: “En estos momentos lloras, pero en un tiempo serán carcajadas al hablarlo”. Odio saber que erraste. Duele tanto saber que a mi dolor se sumó tu indiferencia.
Estaba parada como siempre, esperando el coche que me lleva al hogar, con un clima típico humedo de brisa fresca retocado de penumbrosas nubes. Platicando en mis adentros lo que había hablado con Garibaldi en el sillón azul del pasillo, en frente de las oficinas de fase 1 y servicio social. No me consideraba melancolica, aunque sentía que tal vez, él había encontrado mi mejor descripción como buen médico estricto en clases de propedeutica.
De pronto, un automovil de color rojo opaco salió del edificio y me tomó desprevenida, reaccionando a buscar los rostros de los que lo abordaban. Te ubico con el color verde, pude ver el lugar lleno de verde. Tú ibas en el asiento trasero del lado derecho, unas carcajadas en tu boca, ojos cerrados de la alegría. No me contuve y al instante, mis mejillas se humedecieron discretamente. Mi agua corrió sin previo aviso fuera de mis pupilas, no esperó a que pestañeara o hiciera algún gesto de dolor, simplemente salieron huyendo después de que mi interno silencio se viera interrumpido por un chasquido con intensidad de trueno. Algo se rompió.
Debería estar feliz, te veías bien, incluso mejor que eso. Me sorprende como es que tienes amigos tan fácil que hasta te pueden llevar a casa en auto. Te conozco desde primaria y a duras penas me recibías en tu casa y supongo que ahora ni mi rostro califica como perteneciente a alguien importante en tu vida. Dichosa tú por tu habilidad.
No se porque me molesto en pensar en ti. Sólo debes saber que te quiero, eso debería bastar. Me temo que sí Doc, soy melancolica.
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