De pronto los círculos verdes se comienzan a extinguir y en su lugar aparecen números cuantificando su desaparición estimada.
No hay con quien entablar una conversación, no hay ruidos tras la ventana, no hay más luz que la que despide esta máquina.
Comienzo a observar los residuos de amistad plasmados en píxeles, los apuntes con gotas de café deshilachando la tinta impregnada que formaban una oración; el tiempo invertido, mal gastado en contraposición con el bien aprovechado, y me pregunto otra vez si es el lugar correcto, la hora correcta, el papel correcto, la cara y cabeza de enmienda... Y te veo llorar como lo hiciste hace unos minutos frente a un mensaje que no pude evitar, y me veo contigo sin mí.
Todo tan cerca y en seguida, distante, prohibido y tentador a perturbar. Tal vez eso es lo que sucede en mi ser cuando te veo suspirar en plenitud, tal vez quiero ser la primera en plasmar esas circunferencias lanzándote mis tropiezos a tus fondos, y ver tus movimientos ante algo tan desprovisto de calma.
No logro evitar sentir tu dolor, y tampoco logro impedir que llegué a ti, por mí.